12 poetas ////// 3 minutos ////// El público decide

Crónica del Poetry Slam Especial de San Valentín

 
Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.
Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!
No sé yo. Es raro, a simple vista, un Slam de San Valentín. Hablar de amor es pura contradicción. Pero la expresión “Slam de San Valentín” es un oxímoron que haría palidecer a Quevedo (de ahí la cita). Aunque tal vez esto no sea así. Quizá la gente del Slam se atreve a todo, y recitar sobre una fecha tan absurda les pone berracos. Yo no me fiaría mucho de ellos ni de ellas, y como no me fío, fui a verlo.
Dado el carácter atípico de esta edición extraordinaria, el Slam se trasladó unos metros más arriba, subiendo por Augusto Figueroa hasta el número 3, casi Hortaleza, en donde hay oculto en un portal, un bar, o pub, o music-hall, de lo más chic y apropiado para nuestro espectáculo. Intruso, se llama el sitio, y así se siente uno cuando observa esa puerta de cristal y de madera, con ese “3”, señuelo de carteros, que la corona. Pero dentro hay una luz distinta, y otra puerta que nos llama a sentirnos Alí Babás o Indianas Jones y profanar el vecindario que tal vez alberga un tesoro entre sus fauces. Y así es, porque al abrir esa segunda puerta parece que lo que era mentira era la calle. El sitio está tan bien montado que casi te entran ganas de salir a proclamarlo en alta voz a todo aquel que te crees tú que sonrió al verte dubitativo y frágil, quince segundos antes.
Además el maestro de ceremonias era Yanito, engalanado como un novio: sombrero, camisa blanca, traje gris. Pañuelo rojo en el bolsillo, símil unívoco, prueba fehaciente de que ahí pasaba algo.
Y Yanito lo explicaba con un reloj de arena entre sus manos, y decía así, más o menos: Dos bandos de siete poetas cada uno, despechados contra enamorados, turnándose, para que el público decida, uniendo sus fuerzas y sus puntos, si todavía Cupido vive entre nosotros o ha sucumbido a la posmodernidad como tantos otros dioses. Por lo demás, lo de siempre: una primera fase y una fase final, independiente del bando al que perteneciera cada uno. Y una ganadora, pero eso es otra historia, de momento.
Quiso la suerte que la primera poeta en subir al escenario fuera Laura Mequinenza. Inauguró la defensa del amor y pidió perdón por ello, como parece obligado últimamente entre poetas modernos. Sin embargo fue muy dulce, incluso se permitió el verso “sientes que por fin todo tiene sentido”. Y lo dijo de verdad, arrancando los primeros suspiros de la velada.
Para contrarrestar eso apareció en escena Álvaro Pelegrín, que recitó un texto muy Slam y que, tras explicar que hasta cuando está enamorao está despechao, la emprendió más que contra el amor, contra San Valentín, del que dijo que no es más que mitad de mes. Fue entretenidísimo y consiguió risas y aplausos, con lo que el público, tras solo dos slammers, ya estuvo entonado toda la noche, lo cual es de agradecer.
Volvieron a la carga los enamorados con el docto Andrés Piquer, que recitó de memoria y sin titubeos un rondó que giraba en torno a la burocracia del amor y decía, por ejemplo, “vestidos con piel y sin la ropa, volvimos a casarnos muchas veces y después divorciarnos en seguida”. Gustó, aunque no enardeció, tal vez porque más de uno se vio reflejado.
Ángela Angulo, habitual, y gran conocedora de los resortes slammeros, jugó con el público, que como en el circo de la antigua Roma, debía levantar o bajar el pulgar al final de cada estrofa diciendo “que sí” o “que no” y el público respondió porque la acción estaba muy bien traída y tenía gracia. Aunque, como suele pasar en este espectáculo, uno no puede gustar a todo el mundo y hubo un pizarrero que la castigó con un tres. Esto según la humilde opinión de este cronista está muy feo porque el mero hecho de subirse a un escenario y leer algo de tu cosecha ya debería llevar implícito el cinco. Y, si por mí fuera, aquel que puntuare con un tres será inmediatamente puesto bajo los focos tres minutos, a ver qué hace.
Por suerte, yo no hago las reglas y los números legales van del cero al diez, así que cada uno ponga lo que quiera.
Salió después Pablo Cortina, enamorado y comentando que sería fácil para él cargar contra el amor. Menudo iluso. Leyó un texto tramposo que jugaba a la parodia y al desdén, pero que terminó siendo el más pegajoso de la noche. Y es que ya se sabe, excusatio non petita, accusatio manifesta.
Tras él apareció Elena Nube, que había ido con un amigo por casualidad, se apuntó sobre la marcha, y escribió su texto allí mismo. Formó filas con los despechados; es de suponer que de haber estado con los enamorados, en vez de un amigo la habría acompañado un amante. Leyó un poema improvisado que aun así era reversible, muy meritorio.
La Chica Metáfora también iba con los despechados y la verdad no sé si es que Yanito se confundió de bolsillo o fue por otra cosa, pero salió después de Nube. Vestía una camiseta en la que se podía leer la palabra LOVE. Nada de eso, más bien HATE: se fue enfureciendo paulatinamente y dedicó a su amante/adversario lindezas como “Él debió elegir JUMANJI”, o “Voy a preñarme a mí, para eso he inventado yo el juego”. Fue muy aplaudida por el sector femenino, el masculino no se atrevía.
Tras ella llegó el turno del gran Antonio Díez, un tipo comprometido y con sentido del humor, como demostró con su poema “Amor udrí”, en el que el enamorado vacila en la forma de describir los encantos de su amada. Le impide concretar, claro, el dichoso burka.
Moxe 13 subió a continuación para protestar contra el amor, o la falta de él. “La sociedad excluye a corazones que desobedecen”, dijo. Me gustó porque recitó con aplomo, mucho más que en el anterior Slam en el que le perjudicó la rever del micro del Libertad, más ajustada para un cantante melódico (acababa de actuar Tofu Sedoso) que para un ritmo como el de Moxe, que quizá por ser músico lo sufre más que otros.
Y llegó el turno de Silvia Nieva, que deshojó una margarita muy poética revisando pros y contras desde su punto de vista tan especial. Cada frase convencía a la audiencia alternativamente en uno u otro sentido, así que tuvo que ser ella la que pusiera fin a la indecisión terminando en “me quiere”, pero dejando la sensación de que podía haber dicho algo más que nos hubiera hecho cambiar de idea otra vez.
El Cable Azul, que gana enteros con cada nueva aparición, logró el aplauso unánime de la audiencia y jugó al equívoco con un querer quererte, odiar odiarte, que abundaba en la impresión de que lo de estar en el bando de los despechados suele ser algo involuntario, aunque eso es solo una impresión, porque un tipo que se llama El Cable Azul no puede tener sentimientos mundanos.
Muy fuerte, lo del Predicador. Creo que dijeron que iba con los enamorados. No lo sé, sinceramente. Fue tal su despliegue mímico, rítmico, energético. El tío se había tragado previamente el material correspondiente a un año de slams, y lo escupió en tres minutos. Quizá se le fue un poco la mano cuando se arrancó una pernera del pantalón (vaquero). Y después contoneándose de forma que el personal estaba más pendiente de su paquete que de sus palabras. Y lo digo porque estas cosas pueden ser motivo de descalificación, para que nada le obstruya en su camino al éxito, una vez demostrado que es una fuerza desatada en el escenario. Lo dijo Yanito: este hombre no deja a nadie indiferente.
Quedaban dos poetas geniales y antitéticas. La primera de ellas en salir, Tulia, empleó su virtuosismo léxico para alertar sobre la otra cara del amor. En un poema en el que todas las palabras empezaban por “a”, en plan Nach, pero sin chulearse, avisó: “antes amados, ahora asesinos, arrepentíos” o “antes agradabas, ahora, amor, amargas” y “Amor, ¡Alarma!” Alucinante.
Y por fin Sol Fantín, la incorporación más celebrada en mucho tiempo, venida de Buenos Aires para triunfar aquí, defendió al amor y a la inocencia contra esa moda de hacer como que ya lo hemos vivido todo, como que estamos de vuelta, como que nada puede perturbarnos, expresando su desdén hacia esa “ternura maternal de los que maduraron a tiempo en las cosas de la vida”. Gran poema (en el que llegó a mencionar a Patroclo, el hombre objeto por excelencia) y gran slammer. Todo en tres minutos.
Hete aquí, finalizada la eliminatoria, que una porción del público se dirige al escenario y con la connivencia y participación del presentador, suben a él y se ponen a cantar. Maldita sea, y yo que creía que todas esas chicas sensuales y vestidas de rojo venían para conocerme… ¡No! Son de un coro, Voces al Punto, que ensaya en el Horno de Madrid. Qué fácil sería para mí ahora hacer el juego de palabras y decir que caldearon el ambiente, que traían un punto más de horno, o cualquier otra boutade… sería tan fácil que es eso exactamente lo que voy a hacer, porque llevo escrita tanta crónica que no estoy para muchas florituras. Ocurrió eso: nos calentaron con sus voces y su vaivén, y sus cinturas cimbreantes eran el grill de nuestros más orgiásticos deseos. Fue así… y yo solo estuve allí para contarlo.
Final: Pablo Cortina, Antonio Díez, El Cable Azul, Silvia Nieva, Sol Fantín. Todos con 27 puntos excepto Sol, que logró 29.
Con estos finalistas (4 enamorados contra 1 despechado) sobra decir que el amor había triunfado sobre el desamor, 180 puntos contra 169, para ser exactos, lo cual es algo extraño entre esta gente tan pretendidamente irónica y falaz. O quizá el público estaba bien exfoliado, dada la noche que era. El porqué exacto no me corresponde a mí desentrañarlo.
Lo que pasó en la final fue más o menos que Sol Fantín mantuvo el tono que le había hecho quedar primera en la primera fase, y los demás se fueron un poco por las ramas: Pablo Cortina y Antonio Díez hablando de maltrato y conciencia social, El Cable con un bello poema sobre lo cotidiano, y Silvia Nieva “no me busquéis, porque mi casa está en el hueco de otro hombre” con un lirismo que quizá fue demasiado para unos parroquianos que llevaban tomando cervezas más de una hora.

Aunque para lirismo lo de Yanito, que declaró en un intenso poema amoroso I’m ñoño and I’m proud!!, y al terminar arrancó la rosa roja que decoraba el micro y le dio un uso romántico, ya que el decorativo estaba más que amortizado.

Ganó Sol porque así lo quiso el público y este cronista está de acuerdo. Lo hizo todo bien y conectó desde el principio hasta que bajó del escenario, cosa que hizo tras leer un bellísimo poema de despedida del poeta libanés Khalil Gibran.
Lo que pasó después excede los límites de esta crónica, pero fue mucho y muy jugoso.
Nos vemos en el próximo, otro slam único, porque no sé yo cuando volverá a caer en miércoles un día cuatrienal como lo es el 29 de febrero.
Paul Itfish

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This entry was posted on February 25, 2012 by in Crónicas anteriores and tagged .