12 poetas ////// 3 minutos ////// El público decide

Nueva crónica, nuevo cronista (Crónica del Poetry Slam: Enero 2012)

Foto: Cable Azul
 
Érase una vez una villa velando armas. Las calles húmedas y oscuras, los alientos visibles y apresurados doblando esquinas en todas direcciones en pos de un único anhelo. Mientras tanto, Cristiano Ronaldo se mira al espejo en el Bernabeu sin comprender cómo es posible que un pelo tenga la desfachatez de asomar por la ventana izquierda de sus perfectas narices. Messi juega al Angry Birds. Como cada semana Madrid madruga trabaja y espera el clásico futbolero. El partido del siglo, otra vez. Mourinho es el nuevo valido del Reino, el balido del Pueblo.
Y yo en un bar sin tele, Libertad 8, que se ha llenado de gente para ver un Slam de poesía. Un Slam de poesía que cumple tres años resistiendo el frío, el sueño y el fútbol. No está mal.
Mi nombre es Paul Itfish. Ésta es la crónica del Slam del 25 de enero de 2012, aunque no es una crónica. Porque no seguirá el orden cronológico de los acontecimientos que describe. Porque será subjetiva e injusta. Porque será literaria y tal vez no se ajuste a la realidad. ¡Ah, realidad! ¿Tú quién eres? ¿Existes acaso? ¡Ah, justicia! ¡Objetividad, ah!
Catorce rapsodas fueron el contenido de una fiesta que se inició con un aperitivo macrobiótico. Luís Jiménez Lambas, el animal escénico que presenta el Slam actuó de invitado para el aniversario. Cuatro canciones en el estilo superpop que le caracteriza. Digamos que su música es un ajuste de cuentas con la modernidad. Para la ocasión echó mano del violinista del Slam, Pablo Cortina, que le acompañó con su habitual hieratismo. Ambos se presentaron como “Tofu Sedoso”. Las letras, obra de Lambas al igual que la música, muestran que un yo bastante existencial puede aflorar hoy en día en los momentos más anodinos: “Hoy he ido/al mercado/a comprarme/algo sano/sopa miso/ y pescado/pero el pescado/estaba caro”.
A las 22:00 horas comparecían los slammers, y una mano inocente quiso que el primer participante de Enero fuese el último de Diciembre, Antonio Díez. Vencedor sin paliativos en su debú navideño, tal vez resultó perjudicado por la temprana salida. La gente es inconstante y además bebe, por lo que el rigor en la evaluación no es el mismo al principio que al final. De todas formas así es el Slam, la suerte también juega. Su poema, “El rap del banquero” resulta irreprochable y competitivo en el ámbito de nuestro juego. Gustó, en general, aunque esos “ahás” pudieron escocer un poco a los puristas del Hip-hop presentes. Personalmente prefiero que un slammer moleste a alguien. Díez cargaba contra los banqueros, cosa que está muy bien, pero si de paso algún fan de Nach se dio por aludido, el poema debería estudiarse en la ESO. El público le premió con 24 puntos, puntuación que normalmente te da muchas opciones de volver a recitar en la final, pero como veremos, éste no fue un Slam normal.
O quizá es que la cosa funciona cada día mejor y las puntuaciones son menos previsibles. Porque el público es soberano y variopinto, y por lo tanto impredecible, y eso es lo bonito. Y lo que un día obtiene 20 puntos, al día siguiente puede merecer 28. Así ocurre, y así es posible que cada mes gane un poeta. Aunque sea nuevo. Aunque sea viejo. Aunque recite en inglés, en griego o en árabe; que de todo hay en Madrid.
Entre 20 y 30 puntos (sí, ¡30! obtuvo el vencedor, la máxima puntuación posible, algo que no había ocurrido nunca en nuestro Slam) se abrió el abanico para dar aire a una sala abarrotada que se iba acalorando poco a poco. Toma metáfora.
20 puntos obtuvo un histórico del Poetry, el también músico Moxe 13. En un estilo vecino del hip-hop, pero esta vez sin ironía en el tono, recitó un texto profundo del que recuerdo, porque me hizo concebir esperanzas, “lo bonito y lo feo se intercambian cuando parecía que ya estaba”. No llegó al público por algún motivo que desconozco, a no ser que sea que se le notó nervioso y eso suele restar.
20 también recibió el actor Andrés Cortés, que se la jugó con un chiste para romper el hielo, sugiriendo que Tofu Sedoso cambiase su nombre por Crepus-culo. Pero lo que realmente le perjudicó fue su pretensión de que el público dijera por él un estribillo tan didáctico como “Poesía es” en demasiadas ocasiones. Pedirle al público que participe es un buen truco para lograr empatía… siempre y cuando logres que el público participe, y hasta el final.
Algo más, pero no mucho, 22 puntos, obtuvieron una novedad en nuestro Slam y un veterano, lo cual sigue hablando bien del sistema de puntuación. La palindrómica Asor Rosa no habría obtenido un buen resultado con su poema amoroso si esto fuera una competición. Pero como no lo es, y como de lo que se trata es de pasárselo bien, podemos decir que fue la ganadora: sus risas fueron las más notorias de una noche en la que hubo muchas.
Yanito, por su parte, leyó un poema sumamente emotivo en el que evocaba su infancia en un Gibraltar aislado de La Línea por aquella verja que la mayoría solo vio en el telediario de Rosa María Mateo. Quizá la distancia física unida a la temporal jugaron en contra del poeta limítrofe.
Lo cierto es que todos, los que consiguieron puntos y aplausos y los que lograron más de lo segundo que de lo primero, gustaron. Pero éste es un arte cuya valoración es profundamente subjetiva, y he de decir en mi descargo que si estoy ordenando a los poetas por puntuación es porque no recordé que tenía que escribir esta crónica hasta la mitad del Slam, así que no tengo ni la más remota idea de cuál fue el orden en el que salieron.
Una vez las cartas están sobre la mesa, continúo con el relato de mis impresiones.
23 puntos, Bernat Ferrer. 24 Ethan (además del ya mencionado Antonio Díez), 25 Maya y Silvia Nieva, 26 Antonia Saavedra, 27 Nines B. Rodríguez y Pablo Cortina, 28 Cable Azul. 30 Dyso.
¿30 Dyso?
Sí. 30, tío. ¡El máximo! La osteopatía. Osea. Madre mía. Etc.
Bernat, asiduo como público en las últimas ediciones, por fin se animó y tuvo lo que se llama una toma de contacto con el escenario. Tiene una voz espléndida y muy buenas ideas, espero que en próximas ocasiones logre una confabulación entre ambos elementos y disfrute más sobre las tablas.
El que tiene más tablas que Moisés en una serrería (y perdón por el chiquitogismo) es Ethan, norteamericano afincado en Jaén que recita en jienense con acento yankee. Aún así se dedica a esto, lo cual me hace sospechar que su retranca es universal. Recitó una amalgama de eslóganes apocalíptico-pachangueros con la que nos descohonamos, mucho arte.
Maya ya ha participado en otras ocasiones y esta vez lo hizo en un registro que, si hubiera que catalogarlo, no quedaría más remedio que hacerlo como metafísico-naïf. Por suerte no es necesario poner etiquetas, pero sí; su poesía es angelicalmente filosófica.
Silvia Nieva se puso muy seria leyendo un texto grave y brutal. Para que yo me llame Ángel González versión femenina, de tal manera que hizo que pareciera que llamarse Ángel González es bastante más sencillo, que el ser de Silvia Nieva pesa sobre el suelo poético como para dejar su propia huella. Visiten su blog, es mi recomendación de hoy. Todos están enlazados en éste.
Aunque para seriedad la de Antonia Saavedra que abordó un tema que no permite broma alguna. Fue un momento de reflexión muy intenso porque teníamos ante nosotros a alguien que obviamente sabía de lo que hablaba. Quizá fue el poema más necesario de la noche. Sana, sana…
Pablo Cortina obtuvo 27 puntos y se coló en la final. Algo del billete de metro, pero yo estaba cambiando el agua al canario y me lo perdí.
Empató con él Nines. Eso no me lo perdí. Eso no se lo perdió nadie. Qué valor, pensaron las chicas. Los chicos no pensamos nada. Se nos apagó la luz. Y no digo más, pero la próxima vez que Nines aparezca en el escenario espero que alguien lo registre en HD (Halta Definición, para los que no sepan inglés). También a la final.
El Cable Azul es un habitual de las finales del Slam (y ya que estoy, aprovecho la oportunidad para felicitarle, porque al día siguiente ganó el Slam de Ciudad Real). Obtuvo 28 puntos porque consiguió dos dieces y tres nueves. Como la pizarra con mayor y menor puntuación se eliminan del cómputo, hubo que quitar un 10 y un 9. Su poema, plagado de verdades como puños, estaba construido sobre el leitmotiv “Nos volveremos locos y seremos esclavos del César” también deberíais leerlo con calma.
Pero la auténtica Nadia Comanecci del Slam estaba por llegar. Di ¡So! al aburrimiento, di ¡so! a la rutina, di ¡so! que arre, hacia la rima, lo digo yo; que arrecia la rima de Dyso.
Dos poemazos, uno para pasar a la final con la máxima nota posible -récord histórico en Madrid- y otro para ganar. Calambur tras calambur, la gente abría la boca como si los poemas de Dyso fueran gatos hidráulicos. Los dos poemas de memoria, dando la categoría apropiada a un Slam de aniversario. Esto, amigos, es el Slam, una exhibición de talento sin control, controlada. Gracias, Dyso. Nos has dado una lección de profesionalidad.
Y aún así, eso no fue todo. Hubo un descanso, pero nadie descansó, porque salieron al ruedo Sol Fantín, del Slam bonaerense, que lo tiene todo, absolutamente todo, para que nos enamoremos de ella, y habló del Che, y dijo que un buen poema vale más que una buena barrida del piso, y así fue como nos enamoramos todos y todas de ella; y salió Andrés Piquer con su magistral manejo de los tiempos verbales, aunque yo no le amo. Y Manuel David, que es un cachondo y fue largo y un poco duro porque es de los que hay que quitarles el micro a bocinazos, pero ya le pillaremos en competición… y todos los que quisieron y así lo expresaron.
Y Tofu Sedoso despidió la noche con su superpop caliente y susurrado…
Y yo me quedé como una chica a la que Robert Pattinson le roba un beso. Aunque no he visto Crepúsculo.
Ni sé lo que es.
Paul Itfish

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This entry was posted on February 1, 2012 by in Crónicas and tagged .